La generación quemada

imagen: susan solinski

Una vaga inquietud. La chica prepara un pollo asado a la mejicana. Mientras tanto el chico recuerda cómo ha sido su relación durante los últimos meses. “Digamos, por ejemplo, que no la he querido nunca, que lo que hay entre nosotros no es más que un apaño doméstico, que nos desnudamos y nos tocamos, que estamos juntos por comodidad, que nos faltan algunos elementos de lo que normalmente llamamos amor”. ¿Es lo mismo sentir al otro que acariciarle? Desde luego, sentimiento y sensación son dos experiencias diferentes, complementarias en el mejor de los casos. ¿Quién puede amar sólo con la mitad de su ser?

Lynn es una monada, un bello combinado genético irlandés y mejicano: pelo castaño rojizo, piel dorada, sin defectos. Todo podría ser idílico y, sin embargo, algo en el ambiente enturbia la luz de esa tarde (del verano de 1995), del dilatado crepúsculo que repinta con colores planos las paredes de la casa y los objetos que contiene: naranja, morado, rosa… Todo podría ser perfecto y, sin embargo, las cosas se tuercen y el pollo a medio hacer termina en el cubo de la basura. Lo que más perturba la conciencia del lector es que unas líneas más arriba se ha comparado el cuerpo de un bebé con el de un pollo crudo y que apenas unas semanas antes Lynn había abortado: “(…) la doctora le hizo una inclinación con la cabeza a su ayudante, que puso en marcha el aparato, y el aparato hizo el mismo ruido que cualquier aspiradora”.

Este relato se titula Habría que darle un nombre y lo ha escrito Matthew Klam, joven narrador que reside en Washington D.C. Lo he leído en el libro que lleva por título Generación quemada (una antología de autores norteamericanos), publicado en nuestro país por Ediciones Siruela. Se trata de una recopilación realizada por Marco Cassini y Martina Testa, los también jóvenes responsables de la editorial italiana minimum fax, con sede en un pequeño apartamento romano.

El sueño americano sigue provocando en quienes lo disfrutan y padecen una suerte de agridulce insatisfacción: sigue teniendo algo de aborto provocado por la sed de inmediatez, por la superficialidad y la alergia al compromiso personal, por continuos cambios de rumbo amorosos y vitales. Lo mismo que la comida rápida, los sentimientos rápidos engordan pero no alimentan equilibradamente. Aunque, a estas alturas de la película, más que de sueño americano deberíamos hablar de sueño de la modernidad; pues ese modelo de usar y tirar (da igual cepillos de dientes a pilas, coches, domicilios o cuerpos) se ha impuesto por doquier. La diferencia entre estos espléndidos relatos y los chismes y leyendas urbanas que uno puede oír por ahí estriba más en el talento y la fantasía de sus autores que en la propia sustancia argumental.

Si la técnica consiste en encontrar la mejor manera de contar una historia, de crear un pequeño universo moral y material sin que sobre ni falte una sola palabra, ellas y ellos demuestran un dominio técnico sobresaliente, tan certero como conmovedor. Ya no debería sorprenderme comprobar que son las chicas las que utilizan un lenguaje más duro, cortante, hiriente, desnudo, obscenamente lírico y sincero. Comparados con estas samuráis del procesador de textos, los chicos resultan elípticamente tímidos. Otra nota estilística de estos, insisto, magníficos relatos es el predominio de la primera persona: la forma más directa, la más testimonial, la que da una mayor sensación de credibilidad, de realidad.

He escuchado voces muy personales aquí. No obstante, esta antología ofrece vestigios que permiten considerar que en la narrativa estadounidense de ultimísima hora aún sobreviven dos escuelas de realismo que a veces se repelen y en ocasiones interseccionan, fundiéndose en una forma de hacer literatura genuinamente americana: la de quienes siguen la estela del realismo sucio de Raymond Carver, Tobias Wolf o Joyce Carol Oates y la de quienes se siguen dejando hechizar por el realismo mágico y no demasiado limpio de Paul Auster.

George Saunders nos explica (a través de un agente comercial) las diferentes prestaciones de dos modelos diferentes de una especie de careta electrónica que adosada a un bebé crea la ilusión de que éste habla. La aportación de Judy Budnitz consiste en mamografiar, con enorme talento narrativo, las relaciones entre dos hermanas y su madre. Myla Goldberg propone un test multiopción, que es a la vez la crónica de un asesinato y una seria reflexión sociológica. En uno de los relatos más clásicos de la antología, Jeffrey Eugenides revisa (otra vez) los materiales de los que está hecho el sueño americano: sucesivos negocios que tienen éxito y fracasan, constantes cambios de domicilio y personajes inmunes al desaliento. David Foster Wallace construye una alegoría densamente significativa y aprovecha para bautizar a esta generación quemada.

El relato de Amanda Davis es la pequeña obra maestra de la colección: Faith tiene dieciséis años y debe soportar que el fantasma de la bulímica que ella misma fue en un pasado nada lejano se le aparezca constantemente: “Me he esforzado muchísimo por olvidar, pero no puedo. Sucede que recuerdo. (…) El día se alarga y se alarga hasta que por fin termina. La luna, suspendida a poca altura, resplandece en el cielo oscuro: es hora de dormir hasta que me toque empezar de nuevo una vez más”.

Dave Eggers hace que el perro Steven escriba cartas a magnates de la industria con el peregrino propósito de referirles lo mucho que disfruta corriendo bajo unos olmos. Julia Slavin nos cuenta, a través de la voz masculina de su marido, la historia de una mujer a la que le sale una erupción de dientes por todo el cuerpo; en la más pura y desconsoladora línea kafkiana, esta metamorfosis se produce en un ambiente de relativa normalidad, como si fuese una enfermedad cualquiera o una anomalía frecuente. Mucho menos dramática, Aimee Bender escribe el cuento de un “(…) muchacho que había nacido con dedos en forma de llave, Todos excepto uno (…). La tarea que le importaba era encontrar las nueve cerraduras”.

A. M. Homes se mete en la piel de un adolescente fetichista para aleccionarnos, con pelos de plástico y señales de mordiscos, acerca de cómo seducir a una muñeca Barbie echándole Valium en la Coca-Cola: “Salgo con Barbie. Tres tardes por semana, mientras mi hermana está en sus clases de baile, la separo de Ken. Hago prácticas para el futuro”. Stacey Richter deja que una profesora drogadicta nos informe de si sus alumnos y camellos se la cargan (o no) en el desierto, para ajustarle unas cuentas que ella no terminaba de pagar.

En Los centros comerciales invisibles Ken Kalfus rinde un poético, filosófico, inteligente y sutilmente humorístico homenaje al clásico de Italo Calvino Las ciudades invisibles: “Mientras la noche se apodera de los frondosos jardines de su palacio, el emperador ignora si el viajero sonríe o llora. Pero sabe ya, al fin, por qué Marco Polo tiene tantas tarjetas de crédito”. Arthur Bradford redacta el cuento que hubiese escrito Andersen si se hubiese criado en una granja del medio oeste; una historia de una ternura mágica, casi conmovedora. Con Sueño, Shelley Jackson nos regala un bello poema en prosa no exento de resonancias metafísicas y crítica social.

Videoapartamento de Jonathan Lethem podría ser el guión de alguno de los relatos gráficos de Moebius, ciencia-ficción de cómic con hilos de novela negra que no llegan a entrelazarse. Sam Lipsyte reflexiona sobre el dolor, el miedo a la enfermedad y el amor filial. En el relato de Rick Moody un clip, la sangre y las ideas circulan de un personaje a otro hasta cuadrar extraños e inevitables círculos viciosos. Jonathan Safran Foer explicita por medio de símbolos gráficos los elocuentes silencios de los miembros de una familia judía: “{} Un signo relacionado, los «corchetes de debería haber dicho», se refieren a las palabras que no se dijeron pero que se deberían haber dicho (…). A veces –cuando voy en coche, o hago el amor, o hablo con alguno de ellos por teléfono –imagino sus versiones de los «debería haber dicho». Esas versiones las pego juntas en una nueva vida, de la que queda excluido todo lo que realmente sucedió y se dijo”.

Una canción para renacer o no de tus cenizas cuando formas parte de una generación quemada:
Sharon Van Etten – “Every Time the Sun Comes Up” (Live at St. Pancras Old Church, London)

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