Otro romance de verano

imagen: sara sampaio – sports illustrated

Quienes vieron a Olga López los primeros días de aquel verano habrían podido llegar fácilmente a la conclusión de que era una adicta al trabajo, incapaz de desconectar ni siquiera en vacaciones. Cada mañana uno de los chicos del hotel la seguía con un sillón y una sombrilla plegables hasta el lugar de la playa que ella le designaba. Luego esperaba, vigilando el maletín que contenía el ordenador portátil, hasta que Olga, después de un rápido chapuzón, salía del mar y se untaba crema solar. Finalizaba su servicio yendo por una mesa donde la ingeniero instalaba el ordenador en el que se sumergía durante el resto de la mañana. Sólo de vez en cuando, y tras unas gafas de sol que daban a su rostro un aspecto androide, mitad robot, mitad humano, levantaba la ensimismada mirada para percatarse de la obstinada presencia del océano. Y fue en uno de esos momentos de breve respiro e infinito horizonte cuando vio pasar a la esbelta muchacha de la sombrilla rosa, sintiendo una dulce descarga que le recorrió la columna vertebral a velocidad de vértigo y estalló en cada una de sus terminaciones nerviosas. Para su delicia y desconcierto, la chica se tumbó en una colchoneta floreada que, sin que la ingeniero se hubiese dado cuenta, había sido colocada justo a su lado. La sombrilla rosa, tamizando la luz del sol, le daba a la tersa piel de la joven un tono aún más apetecible, inocente y acogedor. Aquella nariz, aquellos labios perfectos, aquellos ojos que se adivinaban verdes y no dejaban de mirarla…

Se hicieron muy amigas, incluso compartieron habitación en numerosas ocasiones a lo largo de aquel verano. Pero una mañana, mientras Olga aún dormía, la chica de la sombrilla rosa desapareció sin decir adiós. Aquel mismo otoño estalló el escándalo. Un supuesto caso de espionaje industrial que nunca llegó a quedar del todo claro y en el que dos compañías automovilísticas se acusaron mutuamente del robo de una idea genial. Un dispositivo que reducía el consumo y aumentaba la potencia de los motores diésel de manera espectacular.

Una canción para recordar amores fugaces:
Carlos Baute + Dúo Dinámico – El final del verano

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