Inteligentes y artificiales / Siete y final

imagen: julien mazzolipeplum 

Por supuesto que era consciente de que el comisario Cardona estaría ahí fuera siguiendo con mirada clandestina los movimientos de cada uno de los personajes de esta historia. Es experto en tácticas parasitarias y sabe que para despejar una incógnita tienes que pegarte como una lapa a la ecuación y, en cuanto te sea posible, empezar a simplificar hasta quedarte únicamente con la solución.

Estaba segura, por ejemplo, de que, vía policía científica en la red, estaba rastreando un posible ciberabordaje a los fondos del banco en el que padre de Lara estaba a punto de ascender hasta lo más alto; y, por supuesto, lo estaba haciendo desde cualquiera de los dispositivos informáticos a los que hubiese podido acceder Santi. ¿De dónde si no podría haber salido el medio millón de euros que apareció en la taquilla de la estación de autobuses, esa que se abría con la llave que encontraron en la doble suela de su zapatilla? La hija del alto ejecutivo y futuro consejero delegado se había ligado a un genio de la informática, ¿acaso podía estar más claro que esa romántica historia también tenía un doble fondo que escondía la clave del asesinato de mi malogrado tutor?

Y seguro que Cardona también estaba tras la pista del bate de béisbol y que le había bastado una llamada al consulado estadounidense para confirmar su sospecha, que Julia Egea había pasado casi un año viviendo cerca de Santa Fe. Otra llamadita, con la ayuda del friki de la morgue, que seguro que hablaba inglés perfectamente (¿cómo si no iba disfrutar del reiterado visionado de todas las temporadas de The Walking Dead en versión original?, y es que hasta los rugidos rabiosos y los estertores de agónico dolor no suenan lo mismo si están doblados), al equipo de béisbol femenino de la universidad y ya sabría la procedencia del arma que casi acaba con mi vida.

Y seguro que alguno de sus chicos, quizás no el friki, que a estas alturas del relato ya está un poco visto, estaba siguiendo a Julia y aquella tarde esperó pacientemente hasta verla salir por el portal del edificio donde vive mi familia y yo aún convalecía. Lo que a lo mejor no sabía era que nosotros, bueno, un becario que prestaba sus entusiastas servicios en la agencia de detectives de mi padre (y que al final consiguió ser contratado), también estaba allí para irse detrás de ella. Incluso llevaba una diminuta cámara de vídeo con un zoom de lo más potente y preciso, que había sido una de las últimas y caras adquisiciones de mi padre. En el negocio de entrometerse por encargo en la vida y, a veces, en la muerte de los demás o te renuevas o el siguiente fiambre eres tú. Lo que consiguió grabar aquella tarde no tendría desperdicio y, desde luego, le daba un giro a la historia de lo más inesperado y sensual.

***

He visto las mejores mentes de mi generación esclavizadas por el impulso oscuro, y eso, para más agravante, cuando se creían en el más pleno ejercicio de su libertad. Me estoy refiriendo al sexo, a esa irresistible premura que obliga a chic@s inteligentes, cult@s y sensibles a echarse en brazos de patanes/as que apenas son capaces de balbucear toscos cumplidos sin ninguna gracia ni originalidad.

Estoy segura que William Shakespeare también se refería al sexo cuando, en El sueño de una noche de verano, hizo que el duende Puck untase sobre los durmientes párpados de la reina de las hadas, de nombre Titania, un filtro que tenía la propiedad de forzarla a enamorarse de lo primero que viese nada más despertar; y resulta que lo primero que vio fue un burro, del cual quedó completamente prendada. Y qué razón llevaba el bueno de Shakespeare: la realidad no existe, cada uno inventa la suya, y la belleza, el deseo y hasta el amor no son más que fantasmas que nuestra mente se precipita a proyectar sobre los simples mortales que deambulan a nuestro alrededor.

El sexo no está fuera, sino dentro de nosotros, por eso somos incapaces de verlo (¿quién puede ver su nuca, o su propio corazón mientras late?), por eso resulta tan misterioso, por eso nos confunde…

La de amigas que se habrán enamorado de chicos con alma de poeta, solo porque llevaban deshecho el nudo de la corbata y no se habían afeitado en dos días. La de amigos que han creído encontrar su media naranja, su alma gemela en chicas que…, bueno, dejémoslo ahí. Y tanto unas como otros, al cabo de no demasiado tiempo, vienen y me cuentan lo mucho que han cambiado sus respectivas parejas, que el amor tiene fecha de caducidad y otras decepciones por el estilo. Y tengo que morderme los labios y hasta la lengua para no replicar:

– Mira, bonita, todo el mundo, menos, al parecer, tú, sabe que Chechu no lee otra cosa que la prensa deportiva, y eso muy de tarde en tarde, y que la única metáfora que jamás ha podido leerse en su twitter incluía la palabra bragas, ¿cómo, pues, pudiste llegar a la conclusión de que tenía un alma de poeta?

– Mira, bonito, todo el mundo, menos, al parecer, tú, sabe que Luca (viene de Piluca, que, a su vez, viene de Pilar), a pesar de ducharse tres veces al día y sonreír y vestirse como para protagonizar el editorial de moda de una revista femenina solo discretamente rompedora, es una pija que huele a podrido (quizás sea su alma, en el fondo desventurada), ¿cómo no caíste en la cuenta de que tus ingresos no son el alma gemela de sus aspiraciones socioeconómicas?

Y podría seguir, y sería verdad que el sexo nos convierte en parásitos de nosotros mismos, y, sin embargo, no sé, no es exactamente eso lo que siento cuando yo también siento que…, no sé….

¿El sexo no está fuera, sino dentro de nosotros? Sí, ya sé que acabo de escribirlo, y no, no estoy de acuerdo conmigo misma, aunque sí que sea eso lo que pienso… Es como el gato de Schrödinger, que está vivo y muerto al mismo tiempo. Voy a intentarlo de nuevo…

No, no sabría cómo decirlo, así que lo diré con las palabras de otra persona, con algo que copié y en lo que sigo pensando sin entenderlo, con algo que me remueve las tripas como una llamarada de nieve:

Hacer el amor es entrar en un espacio cosmológico desierto y salvaje…, es regresar a las profundidades de la oscuridad donde el espíritu abraza la materia y donde el Cristo cósmico aparece en su dimensión terrestre salvaje. (Matthew Fox)

O también creo que podría no-decirlo contando una anécdota ajena, algo que tampoco me pasó a mí, algo que no dije pero me hubiese gustado decir. Imagina esta escena nocturna. Vas conduciendo por una carretera recta y vacía, los faros iluminan algo parecido a la ausencia de todo, a la libertad. Llevas puesta la radio y en la intimidad de la noche el invitado es Leonard Cohen y, como los oyentes que llaman pueden preguntarle lo que quieran, una chica le dispara a bocajarro:

-Oye, Leonard…, ¿por qué un orgasmo es algo tan maravilloso?

Y, sin pararse a pensarlo, el señor Cohen le responde como quien susurra un poema en el oído de su amante:

-Porque por un instante te olvidas completamente de ti misma.

Sí, eso es.
Cuando soy y no soy.

***

La historia que trajo nuestro becario dentro de su diminuta cámara resultó decisiva para la resolución del caso y las detenciones que Cardona realizó apenas dos semanas después. Rafa, se llama así, regresó con la mirada intensa y chispeante de quien ha encontrado una pepita de oro justo después de mucho perseverar y ponerse empapado en el río de la vida. Como si de la puesta en escena de un gran mago se tratase, habló lo justo para reclamar nuestra atención y pedir un ordenador que nos permitiese visualizar la diminuta tarjeta de memoria de la cámara. Nos instalamos los tres (él, mi padre y, entre los dos, yo) en el sofá, y menos mal que a nadie se le ocurrió ir a por unos refrescos y palomitas de maíz, porque se nos hubiesen atragantado.

En la generosa pantalla del ordenador, enorme para ser la de un portátil, vimos a Julia hacer una llamada con su teléfono móvil; por su expresión se diría que le estaba dando una orden tajante a quien estuviera al otro lado de aquella breve conversación. La nitidez de su bello perfil, su ceño fruncido, aquellos labios apretados, la precisa decisión con que abrió la puerta del coche y subió en él…, todo en ella revelaba la tensa concentración de alguien a quien no le queda otra opción que dar en la diana o autodestruirse. Vimos cómo el pequeño y estiloso utilitario azul metalizado se deslizaba a gran velocidad por las calles de aquel atardecer frío y gris que amenazaba con una lluvia discretamente cruel. La cámara iba prendida justo en la parte posterior del espejo retrovisor, es decir, fuera de nuestro también pequeño coche (me imagino que si en las series norteamericanas los detectives y policías siguen usando cochazos engorrosamente inaparcables, será para no llamar la atención en un país que parece adicto a la chapa superflua y donde, efectivamente, un Mini Morris o un Smart darían el cante), y, aunque tiene una considerable sensibilidad para captar los sonidos, durante aquel recorrido apenas registró otra cosa que el vertiginoso silencio que Julia dejaba tras de sí.

Vimos después cómo salía de la ciudad y se dirigía al suburbio donde se encontraba el parque tecnológico donde, nos constaba, tanto Santi como ella solían acudir para prestar sus servicios como asesores de una empresa especializada en software de última generación. Nuestro chico tuvo que espaciar la distancia y afilar su prudencia, ya que el tráfico que le había servido de camuflaje se hacía menos denso a medida que se alejaban del perímetro estrictamente urbano; aun así se las arregló para no perderla de vista, seguir grabando y aparcar poco después de que ella lo hiciese. Por suerte allí siempre hay alguien trabajando (es lo que tienen las multinacionales, que para colaborar con quienes viven en otros husos horarios tienes que estar dispuesto a irte a la cama a las intempestivas horas del vampiro informático), y en el parking había algunos coches, aunque básicamente estuviese tan solitario como si lo hubiese filmado en gris oscuro un cineasta independiente amante de la poética del espacio semivacío. Julia no salió de su coche hasta que, como unos veinte minutos después, llegó otro que se le situó justo al lado. Para entonces, nuestro chico ya se había bajado sigilosamente y, deslizándose detrás de un seto y luego tumbándose sobre el césped, había conseguido colocar el objetivo de la cámara en un claro de aquella obediente, aunque algo húmeda, vegetación, de modo que pudo seguir grabando a Julia, quien se bajó del coche al tiempo que Lara, porque sí, se trataba de Lara, salía del suyo. Se veía a Julia enfurecida, mientras que la sensual rubita aguantaba el tipo con una considerable frialdad, que de manera súbita se quebró cuando se abalanzó sobre ella y comenzó a besarla violentamente en la boca. Julia aún se resistió, pero Lara perseveró con todas sus fuerzas hasta que logró inmovilizarla. Estuvieron luego besándose con una pasión y una pericia (bendito zoom del aparatejo) que yo jamás he encontrado en ningún chico, hasta que Lara atinó a abrir la puerta de su coche, que era más espacioso que el de Julia. Y lo demás fue silencio y cristales empañados…

***

¿Cómo consiguió el comisario Cardona la orden de registro? Bueno, esas cosas no se preguntan, él sabía que lo que andábamos buscando estaba allí y lo demás fue solo cuestión de realizar con discreta habilidad los trámites oportunos. El caso es que encontraron el bate en el apartamento de Lara, al fondo del altillo de un armario empotrado; lo de andar empotrado, por ejemplo, en mi cabeza, debía de ser parte del destino de aquel bonito trozo de madera. Lo habían limpiado, pero no tan concienzudamente como para que el friki de la morgue y una pelirroja que trabajaba en el laboratorio de la científica no encontrasen una reseca gotita del sudor de la susodicha rubia y, por consiguiente, también de su ADN, y un microscópico rastro de la sangre de la que esto escribe, o sea, yo. Mejor así, porque no sé hasta qué punto hubiese sido imprescindible esa prueba. Es cierto que ni en la ciudad, ni en muchos kilómetros a la redonda, se hubiese podido encontrar un bate como aquel, con el sol de los indios zía grabado justo en la parte ancha, aquella con la que normalmente se golpea sobre una pelota que vuela, y rara vez en la sien izquierda de una detective más novata y desprevenida de lo que, lo juro, jamás volvería a ser… Ese sol se me había quedado grabado, y no en el alma precisamente.

Por supuesto que le había llevado a Cardona la grabación del llamémoslo “encuentro” de Julia con Lara, y aquel inesperado y gris ocaso de invierno resultó ser el amanecer de la resolución de nuestro caso. En realidad, era justo la pieza que faltaba en el puzle que el comisario casi había completado. Después de las detenciones, me llamó por teléfono y me invitó a dar un paseo por el parque donde habían asesinado a Santi y, aunque por poco, no habían conseguido acabar conmigo también. Acepté no sin escalofríos subiendo y bajando por mi espalda y una enorme aprensión…

Por suerte era una mañana de sábado bastante soleada. Cardona pasó a recogerme con su coche y mi padre, molesto por las histriónicas puestas en escena del comisario, le dijo desde el portal:

-Cuídamela, ¿eh?

Cardona le miró fingiendo indignación ante quien ponía en duda su sentido común y su sensibilidad. Dijo que yo era como una hija para él, y que con nadie podría estar más segura ni mejor cuidada. Aun así, se me hizo eterno el recorrido y me bajé con unas enormes ganas de que el comisario me contase la historia completa, una historia a la que estaba deseando ponerle el punto final. Pero, claro, con Cardona las cosas no funcionan nunca de ese modo, él tenía que ponerse a imitar a Colombo y pasearse durante otros cinco largos minutos antes de empezar a hablar:

-Los seres humanos somos tan previsibles que todo, absolutamente todo, desde la composición de una sinfonía al diseño de una nave espacial, pasando por la guerra y la infinidad de cosas que somos capaces de imaginar y llevar a cabo, puede reducirse a dos móviles: sexo y poder. Y hasta podría decir que no estoy nada seguro de que esas dos terribles pulsiones que desde dentro nos manejan a su antojo, como si fuésemos sus marionetas, no sean, en el fondo, una sola…

No pude contenerme más.

-Mira, Cardona, o dejas de hacerte el psicólogo filósofo y empiezas de una vez o te juro que… (no voy a escribir aquí lo que le juré, no sea que alguna vez me convierta en un personaje público y tenga que arrepentirme de haber dejado constancia por escrito de mis aturulladas y nada amables palabras).

El comisario soltó una risita y me explicó la historia completa, con alguna que otra pausa ligeramente irritante, pero con la claridad de quien ha realizado una investigación exhaustiva y perfilado su conclusiones con nitidez:

-Lara se enfadó con su padre porque no quiso, o no pudo, comprometerse a pagarle los dos últimos cursos de su grado y un máster en la Universidad de Stanford, ya sabes, el paraíso terrenal para todos aquellos que se dedican a la informática y aspiran a un pelotazo a lo Bill Gates que les convierta en los más ricos y famosos del mundo. La chica no se resignó e intentó, a través de la cuentas de su padre, un desfalco lo suficientemente sustancioso como para costearse los estudios y poder subsistir con holgura en Estados Unidos durante tres o cuatro años.

Una pausa para respirar el aire de la mañana y seguir poniéndome de los nervios.

-Pero no lo consiguió. Su padre debe de conocer bien a la sirena, al atractivo monstruo, que ha criado y se apresuró a cambiar sus claves y dar órdenes terminantes de que no se le permitiese el acceso a su despacho, tal como declaró su secretaria. Fue entonces cuando Lara, utilizando sus dotes para la seducción, decidió hacerse con los servicios del mejor…

-Santi.

-¿Cómo pudo un tipo tan inteligente y con un futuro tan prometedor dejarse enredar? Sexo o poder…, una de las dos respuestas, o hasta puede que la dos en una, es la correcta…

-Cardona, please…

-Y esta vez sí que lo consiguieron. Ese era el medio millón de euros que encontramos en la taquilla de la estación de autobuses. Si quieres que te expliquen cómo consiguieron sacarlo de los fondos del banco, mejor será que recurras al encantador muchacho de la morgue… yo en cuestiones de informática estoy algo obsoleto. Lo tenían todo listo y preparado: él una beca conseguida por méritos propios; ella, el dinero y la excusa para marcharse con su novio… Y entonces sucede lo imprevisto, y un amor de verdad sustituye al interesado… Julia y Lara. ¿Quién lo iba a decir de esas dos? Con el tipo y la carita que tienen podrían tener comiendo de su mano a cualquier varón de entre doce y ciento veinte años que se cruzase en su camino…

En eso le tuve que dar la razón a Cardona.

-Sí, la vida a veces es muy misteriosa…

-El caso es que Lara cambió de opinión a última hora y decidió convencer a Santi para que se marchase solo, con la promesa de que ella le seguiría en breve… Lo más probable es que esperase que romper con él desde la distancia sería menos traumático, que con un poco de suerte conocería a alguna chica californiana que le ayudase a olvidarla. Pero no fue así, y Santi, que no era tonto y debía de conocer perfectamente a su hermana, seguramente empezó a atar cabos hasta dar con una hipótesis que a mí, de haber estado en su lugar, me hubiese helado la sangre en las venas… Si se empeñó en retener a Lara, en retenerla a toda costa, llegando incluso a amenazarla con desvelarle a su padre lo que habían hecho, algo que, desde luego, podía comprometer seriamente sus aspiraciones en el banco… Bueno, pues nos encontramos ante varias terribles encrucijadas. Lara debía elegir entre aceptar el chantaje o seguir los dictados de su corazón, por no mencionar otras partes de su hermosa anatomía. Julia, entre eso mismo y su hermano. Santi, entre su futuro y la chica que le obsesionaba.

Cardona guardó silencio y esa vez su pensativa perplejidad me pareció sincera.

-Fue Julia quien eligió. Aquella mañana de sábado, el día en que la conociste, no fue al gimnasio, sino al parque, donde se había citado con su hermano con el pretexto de darse una oportunidad de resolver a solas todo aquel maldito embrollo y… ¿sabes una cosa?

No claro que no la sabía, pero me la imaginaba.

-En Nuevo México no sólo aprendió a manejar el bate, también estuvo matriculada en una escuela de tiro. Es posible que su padre se lo aconsejase, porque vivir en un rancho aislado puede resultar peligroso, especialmente para una dulce e inocente muchacha indefensa, el Salvaje Oeste lo llaman…

Madre mía, ¡qué….! (y no voy a poner aquí lo que pensé de ella para no incumplir mi acuerdo de buenos modales con la plataforma blogger).

-Sí, no se puede negar que es lista, hasta llegó a un acuerdo contigo para que investigases el caso, para despistar, pero le salió cara la jugada… No obstante, creo que todo esto le tuvo que resultar sumamente doloroso. Estaba muy unida a su hermano, sus padres les habían dejado crecer prácticamente solos, sin más compañía que la que se daban el uno a la otra.

-Pero no fue ella, como bien sabes por las pruebas de ADN, quien intentó matarte, sino Lara, que empezó a ponerse nerviosa cuando Julia le contó que sospechabas de ella y habías decidido seguir a su hermano por el parque. Cogió el bate y, como conocía el recorrido que hacía Maxi, te esperó escondida debajo de una lona en el puente, y al cabo de varios intentos te tuvo a su merced. No seré yo quien te diga que en el equipo de voleibol donde jugaba echan de menos la potencia de su brazos…

Vaya, eso lo explicaba todo, todo menos…

-Esto, Cardona, solo una cosas más…, dime, ¿cuál era el sentido de las diecinueve copias y las otras tantas versiones de Creep de Radiohead?

El comisario se rascó el cogote.

-Bueno, quizás fuese un regalo de cumpleaños, diecinueve años son los que tienen nuestras asesinas y, por cierto, los que les van a caer a cada una…

Me lo pensé un momento.
-Pues si yo tuviera que ponerle una canción a esta historia, no sería esa, sino otra…

Joy Division – Love Will Tear Us Apart

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