Inteligentes y artificiales / Seis

imagen: peter beard / barbara vasle

El invierno pasaba tras los cristales. Desde la butaca podía ver el cielo o la televisión, dependiendo de hacia dónde orientara mi madre el sillón que cobijó mis primeras dos semanas de convalecencia fuera del hospital. Me leí un par de novelas y repasé algunos apuntes, pero todo con calma, con mucha calma… Es el lado positivo que tienen los episodios como ese, que te enseñan que es posible pisar suavemente el acelerador y vivir a otra velocidad, y también que el mundo puede prescindir de ti, al menos durante un tiempo, que todo sigue aunque tú te tengas que parar… De hecho, creo que eran las primeras vacaciones que me tomaba en mucho tiempo, porque siempre había aprovechado los veranos para ir adelantando con algunas asignaturas en una academia, o ayudando a mi padre con sus investigaciones, una adolescente puede dar mucho juego en según qué clase de seguimientos. En mi familia me habían grabado desde pequeñita que nadie regala nada, que hay que pelear por todo, y que, como decía Benjamín Franklin, no se debe malgastar el tiempo, porque es el material del que está hecha la vida. Pues bien, aquellos días en el dique seco al principio me resultaron aburridos, pero poco a poco le cogí el gusto a la relajante monotonía del dolce far niente.

Pero esto empezó a acabarse durante la tercera semana, y fue bueno que así sucediese pues todo tiene su tiempo y lugar, y el alternante equilibrio de los opuestos es la clave de un cuerpo y una mente saludables. Así que, sin solución de continuidad, comencé mi regreso a la vida sentándome algunos ratos en una silla y frente a la pantalla de mi ordenador portátil. Corría ya la cuarta semana cuando mi madre telefoneó al médico que se encargaba del seguimiento de mi recuperación para hacerle una consulta: ¿podía recibir visitas? La respuesta fue afirmativa, pero no más de dos al día y nunca durante más de media hora seguida.

Julia me había llamado varias veces desde mi regreso a casa. Aquella tarde se presentó con una trenca azul marino que mi madre recogió justo antes de desaparecer y dejarme a solas con ella, tal y como habíamos convenido. Julia hablaba con aún mayor suavidad que de costumbre, como si temiese que su voz pudiera llegar a lastimar mi maltrecha cabeza. A aquellas alturas no era necesario, pero le agradecí el detalle y también yo ajusté mi voz al tono del susurro, que resultaba muy adecuado para el tema que quería tratar con ella, un asunto acerca del cual pretendía sonsacarle algunas confidencias, algo relativo a lo más íntimo y oscuro de sus relaciones familiares, algo que desconocía y que por eso despertaba mis sospechas y también mis miedos. Era por eso que mi padre me había colocado un diminuto micrófono en la solapa del pijama y una microcámara detrás de una de las pupilas de mi osito de peluche. Era por eso que mi padre y uno de los maromos que eventualmente trabajaban para él nos estarían espiando desde la habitación contigua.

***

Sobre el mantel mi madre había dejado unas galletas, dos tazas y una pequeña tetera roja con leche templada que con un gesto le ofrecí a Julia. Ella aceptó, seguramente más por elegancia que por otra cosa, y mientras me hablaba de cosas intrascendentes, mojó una de las galletas y le dio un mínimo mordisco. A mí tocaba conducir la conversación hacia el tema que me interesaba, así que le hablé de un viaje ficticio con mi familia que se había visto truncado por culpa de mi desventura en el parque.

-¿Te gusta viajar?

Se permitió un instante de ensoñación, antes de responder:

-Bueno, eso depende…

Me limité a esperar, sin ni siquiera apremiarla con mi mirada.

-Del sitio al que se supone que voy a ir, pero sobre todo del momento que estoy atravesando… ¿Dónde leí eso de que el paisaje era un estado de ánimo…? Ah, sí, en Rojo y negro de Stendhal. Yo necesito estar anímicamente en sintonía con el destino…

Media hora no daba para mucho, así que opté por ser más directa.

-Con un padre como el tuyo, seguro que llevas la aventura y el deseo de ir siempre un poco más lejos en los genes.

Me miró con una mezcla de perplejidad y desdén en la mirada.

-¿Qué sabes de mi padre?

Hice un ademán que sólo podía significar:

-Pero, ¿quién no conoce a tu padre? Es una leyenda, ya había oído hablar de él mucho antes de que, bueno…, antes de hablar con Santi por teléfono y, después, conocerte a ti. Mira, en esa estantería hay un libro suyo que mi padre compró hace un montón y tiene muy sobado de tanto hojearlo. Acércamelo, ¿quieres? Contemplar esas fotos increíbles me alivia la claustrofobia de estar todo el día aquí metida.

Julia se levantó de mala gana y sacó el libro como quien teme que le pueda dar un calambrazo. Y sí que estaba sobado y suavizado por el roce de muchas manos, porque hacía tres días que mi padre lo había sacado de una biblioteca pública y, con ayuda de un manitas amigo suyo y asiduo colaborador de nuestra agencia de detectives, despojado temporalmente de las marcas y registros propios de un ejemplar de propiedad pública.

-Supongo que habrás estado en su mítico rancho de Nuevo México, cuéntame, ¿cómo es aquello?, ¿es tal como lo pinta Georgia O’Keeffe?

Julia pareció animarse.

-Pues sí…, oye, a mí también me encanta esa pintora. De hecho estuve viviendo allí un curso completo, hace de esto tres años, terminando el bachillerato… quería dominar el inglés, ¿sabes que gracias a eso, entre cosas, me han ofrecido una beca para ir a la Universidad de Stanford?

-Supongo que la aceptarás…

-He pedido una prórroga… No creo que vaya a estar en condiciones anímicas hasta que no sepa quién mató a mi hermano y le vea entre rejas.

El tiempo se agotaba, así que, por casualidad, de entre las páginas del libro se deslizó una hoja con la representación del sol de los indios zía.

Julia se la quedó mirando y me dijo:

-¡Qué curioso! Este símbolo está grabado en mi bate de béisbol, bueno, en realidad en todos los del equipo femenino donde estuve jugando. Decían que, para ser europea, le daba bastante bien a la pelota…

***

O, además de un cerebrito, era una actriz consumada o Julia era del todo ajena al uso criminal que alguien le había dado a su bate de béisbol. Me estuvo hablando abiertamente del año que había estudiado en un instituto privado de Santa Fe y de cómo había estado viviendo en el rancho de su padre.

-Ese instituto no es un internado, comía allí a mediodía, pero cuando acababan las clases por la tarde tenía que regresar al rancho. Así que si mi padre estaba de viaje, cosa que ocurrió a menudo y durante largas temporadas, me llevaban y me recogían el encargado o su mujer. Es una familia mexicana, mi padre les deja que vivan allí y que le saquen todo el partido que puedan a la tierra y los pastos a cambio de que le cuiden la casa. El rancho está como a unos cuarenta minutos de Santa Fe, conduciendo por una carretera que parece salida de los desiertos marcianos de Ray Bradbury. Es un sitio curioso, ¿sabes? Todo es tan solitario y silencioso… y, sin embargo, hay algo vivo en ese vacío, algo que vibra en el silencio… Es lo que le pasa a los sitios casi vírgenes, sin civilizar, que no hay nada que soporte las etiquetas que nos ayudan a clasificar las cosas y a hacernos la ilusión de que podemos comprender la realidad y tener algún tipo de control sobre ella. El rojo de aquel desierto no es ni antiguo ni moderno, simplemente es lo es… Y eso es también lo que hace contigo, te devuelve a la realidad, allí eres lo que eres, ni más ni menos.

Julia permaneció un instante en silencio, antes de continuar con mirada soñadora:

-Fue una experiencia liberadora que, en cierto modo, me ayudó a comprender a mi padre… Mi padre es un Adán en busca de inmensas rendijas de libertad que le permitan regresar a su paraíso perdido. Aun así no creo que nunca lleguemos a ser amigos y eso que estúpidamente le quiero, a pesar de lo abandonados que nos ha tenido… ¿Puede creer que todavía no le hemos podido comunicar…?

Y la voz se le quebró como si fuera la resonancia de un súbito nudo en la garganta.

-… y todo por la sencilla razón de que nadie sabe dónde está.

Silencio perplejo y resentido.

-¿Qué se puede decir de un padre así?

Nuevo silencio. Pensé que había que cambiar de tema y tuve la nada brillante idea de hablarle de su madre, nada brillante pero efectiva.

Julia me miró con cara de incredulidad entre divertida e indignada, como si no pudiera creerse que estuviese haciéndole aquella pregunta…

-Bueno, espacialmente hablando sí, Londres están más cerca que Nuevo México, eso es algo que no se puede negar…

Y se rió.

-Si mi padre solo vive para sí mismo, mi madre solo vive para su revista y el glamour, o sea, para su ego… Aunque es verdad que hemos pasado mucho más tiempo con ella, que no se marchó hasta que, digamos, podíamos valernos por nosotros mismos y que me llama religiosamente cada tres días, a las cinco de tarde, supongo que aprovechando la muy británica hora del té. Pero no sabría decirte que es peor si la búsqueda radical de mi padre o el glamuroso universo artificial de mi madre.

La dejé hablar por un tiempo, pero tenía que regresar a la línea crítica de aquella cita.

-Oye, ¿me podrías enseñar ese bate del que me hablaste?

Y entonces cayó en la cuenta.

– No me digas que eso te lo han hecho con un bate.

La miré con resignación. A veces los cerebritos pasan por alto lo más obvio:

-Pues sí…, con un bate que tenía grabado el sol de los zía.

Me aflojé la venda y le mostré mi sien izquierda.

Estaba alterada, ruborizada. Hubiera dicho que aquel trozo de hielo iba a derretirse y echarse a llorar de un momento a otro.

-¿No creerás que yo he tenido algo que ver con eso?

No dije nada, pero en mi expresión cualquiera, incluso alguien infinitamente más estúpido que ella, hubiera podido leer la máxima del inspector Cardona:

-Todos mienten, todos son sospechosos hasta que no se demuestre lo contrario.

Una canción para ángeles sin cielo:
Calexico – When The Angels Played

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